Sobre el problema metafísico de la muerte, una reflexión...
- David May
- Mar 23, 2020
- 2 min read

La proposición: “es mejor la vida que la muerte” —o “es mejor la existencia que la no-existencia”— es una declaración metafísica, la cual está basada en el concepto metafísico u ontológico del ser y su derivación: el ente, y su oposición: la nada. Propiamente, hablamos del “acto de ser” (actus essendi, lat.), el cual se define como el acto constitutivo de perfección. Esto significa que existir o poseer el ser es una perfección, de hecho, la primera y fundamental perfección —antes que otras perfecciones como tener vida, pensar, ser un agente moral libre, ver, amar, etc.—; y su oposición, la nada, es, por tanto, un defecto (el radical defecto), o en otros términos: no existir es una imperfección; y seguido de la radical imperfección vienen todas las negaciones: el mal, la muerte, la enfermedad, el sufrimiento, la mentira, etc. La nada, o con más precisión el no-ser absoluto, no tiene ningún tipo de valor o propiedad ontológica; por esa razón, cualquier proximidad con la nada es mala —es imperfección— para toda entidad, principalmente para las conscientes de su condición mortal como lo es el caso de los seres humanos. De ahí que estar en el ser, existir o vivir es mejor que no-ser, esto es, que nuestra plenitud existencial no se encuentra en la muerte sino en la vida; o visto desde otra perspectiva, que pensar en la muerte y sus consecuencias —metafísicas— no es algo trivial, sino que es algo imprescindible para una vida —y una muerte— humana digna propia de nuestra condición consciente.
Evidentemente, estamos en un mundo caído, defectuoso, afectado por el mal moral y natural, y por esa razón somos partícipes de las negaciones (el mal, la enfermedad, la muerte). Estas negaciones o ausencias nos agobian y nos destruyen, porque no nos son debidas, no las requerimos para nuestra plenitud existencial. Esto quiere decir que las negaciones no son necesarias para la realidad natural ni humana, sino solo posibles a causa de los entes contingentes, finitos e imperfectos que somos. De ahí que el ser humano exclama (todos lo hacemos en algún momento de nuestra vida) su dolor cuando se ve afectado por ellas, exclama —sin necesidad de reflexionar mucho en ello— el sinsentido de la vida, del dolor, del sufrimiento, de la muerte. Como seres conscientes reclamamos una respuesta que explique y nos otorgue sentido en medio de su absurdidad existencial de la muerte. Por ello, toda afirmación (consciente o inconsciente) en pro la muerte en general como algo normal y/o insubstancial, es superficial y errónea, adolece de precisiones metafísicas. Todas las palabras o acciones a favor de la muerte siempre son malas ética y metafísicamente, por más que a la larga den lugar a cosas buenas. La muerte no nos satisface porque existencialmente nos conviene la permanencia en el acto de perfección que en nosotros se traduce como vida.
El problema de la muerte es un problema humano al cual debemos abordar con insistencia, procurando un espacio para la actividad de pensar y reflexionar, buscando una respuesta que nos realice existencialmente, una esperanza que nos dé sentido pleno de vida. La responsabilidad humana es escuchar y optar por palabras de sentido que afirmen la vida en general, y, principalmente, la vida plena.



Comments