top of page

El homo quaerens y la realidad última fundante





Desde el momento en que el interrogar ha perdido su autoevidencia, como sucede hoy, y advierte la necesidad de su fundamentación, Dios vuelve de nuevo a ser pensable.

Wolfhart Pannenberg




Conocimiento y pregunta


El conocimiento es un componente esencial para la vida humana. En su constitución natural, el ser humano se ve constreñido por la realidad que le rodea, la cual le exige realización y compresión: la información sobre el mundo representa una necesidad cognoscitiva y una guía práctica para la consecución de sus metas. El conocimiento es, pues, un bien que procura la elucidación y el control de la realidad, y que, como recurso connatural, está teleológicamente estructurado para hacer efectivo el cumplimiento de las necesidades, propósitos e intereses de realización individual y colectiva; lo cual significa que el conocimiento representa una indispensable orientación cognitiva y práctica para la existencia humana.


De ahí que el ser humano se formula preguntas, ya que a partir de ellas puede obtener las respuestas que hagan posible su adaptación y desarrollo en un entorno natural que exhibe una gran complejidad y diversidad de ámbitos y niveles de realidad compuestos por estructuras y dinámicas. Nicholas Rescher identifica al ser humano como el homo quaerens, es decir, el hombre que se pregunta, que busca, que se interroga, quien con sus preguntas provoca el surguimiento del conocimiento acerca del mundo.


Es la indigencia cognoscitiva del ser humano el supuesto de toda interrogación. Evidentemente, nacemos carentes de un saber correcto y completo, nuestra ignorancia exige ser solventada para el avance y la estabilización de cada etapa de nuestro desarrollo. El conocimiento es, en rigor, una necesidad humana: la necesidad que tenemos de saturar nuestra indeterminación, de completar nuestra precaria entidad consciente. Rescher afirma, “es por el conocimiento y no por conchas duras o garras o dientes afilados que hemos forjado nuestro nicho en el esquema de la evolución. La demanda de comprensión, de una adaptación cognitiva al entorno… de uno es uno de los requisitos más fundamentales de la condición humana”[1]. Es por ello que en la compleja relación del sujeto humano con la realidad no en vano el conocimiento está presente, con más o menos intensidad, en todas las formas de interacción. Emerich Coreth señala que el conocimiento está presente: “En toda la vida humana: en la forma de comportarnos prácticamente, de tomar decisiones y de actuar. Aunque el conocimiento es un elemento parcial del comportamiento humano en su conjunto, es el elemento primero y fundamental en el sentido de que es anterior a todos los demás modos en que el ser humano se realiza a sí mismo, y penetra en ello indicando su dirección”[2]. Por esa razón formulamos preguntas, porque la confusión y el desconcierto cognoscitivo, o más aun, la existencia inconsciente no nos conviene, no nos dignifica. Así, podemos decir que conocer es un modo de ser, y, por ende, preguntar es un modo de ser, el modo específico en que el ser humano está presente en la realidad.



El procedimiento erotético: tipos de preguntas


Una característica fundamental del conocimiento en general (científico, filosófico, teológico, etc.) consiste en presentarse no como recursos informativos dispersos y disociados entre sí, sino como un “cuerpo de conocimiento” agrupado en torno a una problemática específica, compuesta por un conjunto de fenómenos que han sido ordenados por regularidades sistemáticamente teorizadas. Esta sistematización teorética está fundamentada, a su vez, en un proceso inductivo y deductivo que busca organizar (u optimizar) la mejor información disponible en una estructura explicativa. Todo esto implica la conformación de “una unidad funcional de componentes interrelacionados”[3], que incluye conceptos, leyes, aseveraciones, hipótesis, tesis, etc., y situados dentro del cuerpo de conocimiento; de igual forma, esta unidad funcional es controlada para su correspondiente desarrollo racional metodológico-indagatorio.

Este cuerpo de conocimiento se sitúa dentro de un “estado del conocimiento” específico, temporal y geográficamente ubicado. De ahí que no es factible hablar de un único cuerpo de conocimiento, sino que hay varios cuerpos de conocimientos ubicados y condicionados en un periodo histórico específico. A su vez, el estado de conocimiento es correlativo a un “cuerpo de preguntas”[4], del cual se genera la información, el conocimiento, o bien las respuestas solicitadas: conceptos, proposiciones y, en consecuencia, el conjunto teórico.


Dentro del mecanismo de pregunta-respuesta que genera conocimiento, las preguntas deben, ante todo, ser planteadas con una estructura coherente, y para ello deben presuponer una posible respuesta. Una pretendida respuesta debe estar en consonancia semántico-conceptual con la pregunta planteada: las pretendidas respuestas deben admitir explícitamente algunas presuposiciones que exigen las preguntas mismas. Por ejemplo: “Pregunta: ¿Puede algo moverse más rápido que la velocidad de la luz? Presuposición: ʻExiste tal cosa como la velocidad (fija) de la luzʼ”. De modo que una pregunta incoherente es aquella en la que sus presuposiciones no han sido dilucidadas y confirmadas satisfactoriamente. Más aún, las presuposiciones deben estar certificadas como verdaderas o correctas; esto es, una serie de conceptos, ideas, tesis, etc., teóricamente aceptados. Y tales presuposiciones fueron en su momento respuestas verdaderas.


Así que, para progresar en la búsqueda del conocimiento es necesario encontrar teorías verdaderas o que estén más próximas a la verdad, esto es, que correspondan mejor con los hechos con la realidad; o bien, que hagan una descripción verdadera de la realidad inagotablemente compleja y problemática. Es por ello que la verdad se sitúa como fundamental en el progreso del conocimiento, y la principal tarea de los diferentes saberes, de las ciencias, es pues, la búsqueda de la verdad. Una verdad objetiva que cumple una función delimitadora, con el fin de identificar los errores que surgen de la investigación cuando no se corresponde con la realidad y, con ello, señalar los sistemas y las teorías falsas.


Ahora bien, una clasificación de los diferentes tipos de preguntas que se plantean para ofrecer respuestas sobre el acontecer de los fenómenos o los procesos de las entidades naturales podría plantearse de la siguiente manera: “1) Preguntas: ¿Cómo? (¿Cómo se realiza la condición C?) 2) Preguntas: ¿Cuándo? y ¿Dónde? (¿Cuándo/dónde se realiza la condición C?) 3) Preguntas: ¿Por qué? (¿Por qué se realiza la condición C?)”[5]. De estas preguntas surgen unos principios metafísicos que se suponen como presuposiciones fundamentales de toda indagación racional; estos son los que configuran y dan sentido a la indagación cognoscitiva sobre la realidad total. Y en relación a la injerencia de los distintos saberes, se pueden establecer de la siguiente manera[6]:



Como resultado, vemos que hay varios tipos de preguntas de acuerdo con diferentes ámbitos y niveles de realidad: realidad natural (espacio-temporal), sistemas puramente conceptuales y abstractos, valores o realidades últimas condicionantes para un específico orden de cosas, y por ello mismo hay diferentes tipos de representaciones cognoscitivas o ciencias que les estudian. Esto se basa en el principio de que todos los fenómenos, propiedades, estado de cosas, sucesos o todas las facetas de lo que sucede en el Universo deben ser subsumidos en un marco explicativo pertinente, es decir, en un grupo de preguntas, conceptos y principios establecidos por un sistema lógico, conceptual y por una metodología empírico-racional. Asimismo, los eventos primordiales, las problemáticas que alcanzan el nivel más alto de generalidad posible, o aspectos puramente inteligibles de la realidad —vinculados a las preguntas últimas—, no pueden ser tratados o explicados desde la metodología científica, debido a que no es posible, en principio, aplicar el método empírico-racional a sucesos que no se reducen a la materia ni al espacio-tiempo, ni son empíricamente contrastables, y que, además, no cuenta con leyes naturales.


Por esa razón, preguntas últimas como, por ejemplo: ¿por qué es la naturaleza un Universo ordenado? ¿Por qué hay leyes y constantes naturales finamente ajustadas para permitir la vida consciente?” ¿Hay un destino final después de la muerte? ¿Cuál es el sentido de la existencia en su totalidad? ¿Por qué hay algo en lugar de nada?, no pueden ser respondidas por metodologías cuantitativas-experimentales. Pero las respuestas a tales preguntas son indispensables para la adquisición del sentido de la realidad total y la solución a las problemáticas límite que afronta el ser humano.


Así pues, las respuestas dadas a la razón de ser del Universo, el propósito y el destino-plenitud corresponden (o hacen referencia) a lo que definimos como la realidad última fundante. Por tanto, el conocimiento y asentimiento de estas respuestas otorgan el sentido metafísico y la plenitud existencial al homo quaerens.



La realidad última fundante


La idea de una realidad última se constituye en esencial para el pensamiento filosófico en su intento metafísico por interpretar y explicar (fundamentar) la realidad finita en su totalidad. De ahí que al proponer una determinada realidad última se está planteando una determinada naturaleza o estructura de lo real[7], que en último término determinaría ―o no― el sentido de la existencia y de la vida humana. Esto ha sido una constante en el devenir histórico de la filosofía, y con ello, se ha dado el surgimiento de una serie de sistemas metafísicos que han marcado en gran parte lo que ha sido la producción filosófica en Occidente.


Es así como desde los inicios del filosofar y su consecuente devenir histórico el encuentro-reflexión con la idea de la realidad última fundante germina desde las realidades objetivas inmediatas: hombre y el mundo; con lo cual se da lugar a la articulada indagación cosmológica y antropológica y, en último término, de la realidad en su totalidad.


Es a partir del carácter problemático de la realidad, en cuanto a su fundamentación y sentido, como surge la pregunta metafísica del hombre por una realidad última fundante. El ser humano trata de encontrar respuestas coherentes, objetivas, verdaderas, satisfactorias que le otorguen la comprensión racional de la realidad global, misma que le interpela a la realización existencial; esto en medio de la contingencia e indeterminación en la que se encuentra inmerso. A este respecto Wolfhart Pannenberg afirma:


“La tarea de una tal interpretación conjunta del mundo de lo finito es desde luego aquello en virtud de la cual la metafísica lleva a cabo el sobrepasamiento de la multiplicidad de lo finito hacia la idea de lo uno, que funda la unidad del mundo en que lo múltiple tiene su consistencia[8]”.


Esta evidente realidad de un mundo ontológicamente insuficiente, caracterizado por la exigencia de causalidad, necesidad e inteligibilidad extrínsecas, es lo que mueve al homo quaerens a interrogar y buscar, elevándose de lo puramente empírico y material a lo trascendente, inmutable, eterno y absolutamente necesario, arrojando con ello la pregunta metafísica. De igual manera surge la interrogante por el hombre mismo, por su posición en el Cosmos, por su constitución esencial y por su autorrealización y fin último a partir su naturaleza autoconsciente y libre, la cual le exige el conocimiento y la posesión de valores y bienes no temporales, no particulares. “Si la existencia humana tiene al final un sentido, este sentido no viene exclusivamente del hombre ni se puede lograr solamente mediante la acción humana”[9]. Son estos cuestionamientos los que ineludiblemente sacan al sujeto humano del ensimismamiento espacio-temporal, para situarlo en un ámbito metafísico. Con ello, el problema de la realidad última fundante en el pensamiento filosófico se plantea y desarrolla a partir de la existencia absolutamente necesaria como el fundamento ontológico radical de todo lo real (ser humano y Universo), de la pregunta por una realidad no problemática. “Esa otra realidad ha de ser, en definitiva, absoluta, ya que de otro modo seguiría siendo problemática y seguiría remitiendo hacia algo distinto de ella”[10].


En definitiva, vemos que la reclamación especulativa por preguntar, explicar y entender la realidad total resulta inevitable. Esto es así porque las implicaciones metafísicas, que se relacionan con la inteligibilidad de la totalidad y la realización humana, son una exigencia para una configuración coherente de la realidad, para la conformación de una cosmovisión que ofrezca un sentido existencial y metafísico al ser humano; en último término, la necesidad ineludible de la realidad última fundante en la que todo ente es posible y, más aún, es real.




[1] Rescher, N., Axiogenesis: An Essay in Metaphysical Optimalism, Lexington, Lanham, 2010, p. 2. [2] Coreth, E., ¿Qué es el hombre?, Herder, Barcelona, 1991, p. [3]Rescher, N., Cognitive Systematization. A System-theoretic Approach to a Coherentist theory of Knowledge, Basil Blackwell, Oxford, 1979, p. 15. La sistematización es un concepto fundamental en la filosofía de Rescher, quien habla de un “designforknowing”, que permite una construcción racional del conocimiento científico. Rescher sentencia que: “the prospect of organizing a body of claims systematically is crucial to its claims to be a science; there can be no science without system. Systematicity is the very hallmark of a science”. En Rescher, N., Cognitive Systematization, p. 21-22. [4] Al igual que el cuerpo de conocimiento y el estado del conocimiento, el cuerpo de preguntas depende del contexto en el que se produce el conocimiento científico, de los avances tecnológicos, de los cambios teórico-conceptuales, etc. [5]Rescher, N., Nature and Understanding. The Metaphysics and Method of Science p. 1. [6]Rescher, N., Nature and Understanding. The Metaphysics and Method of Science pp. 2-3. [7]Como por ejemplo el materialismo, el idealismo, el teísmo, etc. [8]Pannenberg, W., Metafísica e idea de Dios. Caparrós Editores, Madrid, 1999. p. 40. [9]Gevaert, P., El problema del hombre. Editorial Sígueme, Salamanca, 2005. p. 307. [10] Berciano Villalibre, M., Metafísica. BAC, Madrid, 2012. p. 282

 
 
 

Comments


bottom of page