Breves apuntes sobre los orígenes históricos de la historia y la filosofía de la ciencia
- David May
- Nov 17, 2023
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Updated: Jun 22, 2025

El siglo XX fue testigo del surgimiento y la consolidación de dos disciplinas cognoscitivas que en el pasado ya habían tenido algún grado de desarrollo, pero sin ser reconocidas en el pleno sentido de la palabra en tanto disciplinas académicas y profesionales dentro de sus respectivas áreas de conocimiento, estas son: la historia y la filosofía de la ciencia. Sus orígenes propios se ubican en las primeras décadas del pasado siglo como el resultado de diferentes circunstancias ocurridas de manera separada. En el caso de la historiografía de la ciencia como el resultado del estudio de los desarrollos de la ciencia, o bien, como la manera de concebir y escribir la historia de la ciencia. Por su parte, filosofía de la ciencia como la metodología científica, su estructura y contenidos teóricos. Así, la ciencia llega a tener dos disciplinas que buscan analizarla desde perspectivas distintas, esto con el fin de desentrañar su esencia misma en tanto actividad humana y actividad teórico-cognoscitiva.
Es así como entre los años 20 y 30 del siglo XX que se conforman dos grupos filosóficos que buscan analizar la ciencia para tratar de establecer ―como uno de sus propósitos primarios― la demarcación entre la ciencia y la no-ciencia. De esta manera, de la mano del Círculo de Viena y de la Escuela de Berlín del Empirismo lógico se dan lugar a una serie de propuestas lógico-metodológicas de la actividad teórica y del desarrollo del conocimiento científico, mismos análisis que provocaron el nacimiento del denominado Positivismo lógico y del posterior Empirismo lógico del grupo de Berlín. Dichas corrientes filosóficas, a partir Rudolf Carnap y Hans Reichenbach, principalmente, dan una preeminencia al contexto de justificación, es decir, a los factores estrictamente lógico-racionales que buscan determinar los principios que fundamentan la metodología y propician el desarrollo de la ciencia. De esta manera quedan como referentes en la naciente filosofía de la ciencia el verificacionismo, la lógica inductiva y la metodología de la predicción científica, entre otros.
Por su parte, el filósofo vienés Karl Popper contribuye y propicia nuevos desarrollos a la naciente y académica filosofía de la ciencia con su reacción a las propuestas del Círculo de Viena. Desde un inicio Popper no se suscribe al programa inductivista y verificacionista propuesto por los representantes de Círculo, sino que su posición era la de ser un crítico a sus propuestas, como él mismo lo afirma en su Autobiografía intelectual haciendo referencia a la muerte de positivismo lógico, así afirma: “mi única intención era poner de relieve lo que parecía ser una serie de errores fundamentales. […] sólo esperaba presentar un desafío a mis amigos y oponentes positivistas”[1]. Popper propone su solución al problema de la demarcación basado en la inferencia deductiva, esto a partir de la testabilidad (falsación) de hipótesis conjeturadas creativamente con el fin de que puedan superar los intentos de refutación y, con ello, lograr la respectiva corroboración que sitúa dicha hipótesis como la teoría que más se aproxima a la verdad. En efecto, mientras que la inverificabilidad de una ley se sigue del hecho de que la inducción, en la cual se basa, no es una forma de razonamiento lógicamente válida, su falsación es el resultado de una inferencia deductiva correcta: de un contraejemplo a la negación de la ley[2]. Así, las hipótesis o teorías científicas, ya no inferidas de la experiencia, sino a partir de construcciones especulativas, de nuevas ideas o de intuiciones creadoras, dan lugar a unas deducciones que vienen a formar parte de la explicación o la resolución de una situación problemática, y que posteriormente serán testadas empíricamente para la validación de su estatus científico.
De esta manera se instaura el falsacionismo como criterio de demarcación científica predominante, el cual, fundamentalmente, define a la ciencia como un conocimiento originado desde la hipótesis y la deducción, y, que, a su vez, progresa a partir de conjeturas y refutaciones. Todos estos contenidos epistemológicos posicionaron a la ciencia como un constructo puramente racional, independiente de todo factor externo que le pudiera condicionar.
Por su parte, en un contexto de promoción historiográfica de la ciencia, en el cual el principal objetivo es el establecimiento de la historia de la ciencia como una disciplina académica y profesional, se manifiesta por parte de los principales promotores de semejante proyecto una tendencia interpretativa predominantemente internalista. Así, y de manera semejante a la filosofía, a partir de los años 30 da inicio tal programa de especulativo de teorización acerca de lo que sería la ciencia en su devenir histórico y, por tanto, en su constitución como tal ―y con ello dar un paso a su institucionalización―, esto, principalmente, de la mano del pensador belga-americano George Sarton.
Sarton en su intento por posicionar a la historia de la ciencia como una disciplina autónoma y reconocida académicamente, parte de ciertas concepciones filosóficas que le llevan a considerar a la ciencia como un constructo fundamentalmente racional, positivo y sistematizado. La ciencia para Sarton representa un conocimiento positivo y acumulativo con un progreso continuo hacia el “desarrollo gradual de la conciencia humana” y que es “nuestra parte en la evolución cósmica”[3]. Con estos postulados, se evidencia la intención de Sarton por presentar a la ciencia como el baluarte producto distintivo de la actividad racional humana, que lograría, en un contexto de guerra y de desprestigio de la ciencia, guiar y unificar a los seres humanos. Es por ello que la historia de la ciencia debe reflejar lo que la empresa científica es, a saber, el desenvolvimiento de la verdad llevada a cabo no tanto desde elementos psico-sociales, sino principalmente desde los entusiastas, hombres (científicos) cuya actividad epistemológica-intelectual dirige el progreso humano.
Al igual que Sarton, la influencia del también precursor de la consolidación historiográfica de la ciencia, Alexandre Koyré, jugó un papel importante en el apuntalamiento de la interpretación internalista, o, en otros términos, en la desvalorización del análisis sociológico como elemento clave para entender el surgimiento de las ideas científicas. Influenciado por el logicismo husserliano y el idealismo platónico, Koyré introduce a la metateoría de la historia científica la prioridad de lo teórico por sobre la experiencia empírica, o como señala Carlos Solís “la [función] de reintroducir entidades teóricas en la explicación histórica”[4]. Con ello, el desarrollo científico es dirigido por sistemas de ideas, las cuales tienen como fin la obtención de la verdad. Así, con esta postura filosófica llamada así mismo “intelectualismo” queda bien demarcado el espectro de la polaridad metodológica en disputa que daría lugar al desarrollo de la ciencia; o como lo explica Steven Shapin: “la institucionalización de tal discurso en formas de análisis de la naturaleza de la ciencia y su modo de cambio supuestamente distinta y cargadas ideológicamente”[5]. Vemos, pues, que ambas posturas, internalismo y externalismo, se refieren a unas construcciones discursivas cargadas de presuposiciones filosóficas además de ideológicas.
Partiendo de este referente positivista e intelectualista se presenta una distinción teórica al mencionado internalismo, este es, la perspectiva que promueve el desarrollo de ideas científicas a partir de los factores históricos y sociales. Este paralelismo teórico-interpretativo ya presente en la gestación académica de la historia de la ciencia tiene sus raíces en la influencia conceptual proveniente del marxismo; de esta manera queda plasmada la invocación a dicha concurrencia teórica, esto a partir de la presencia del factor extrínseco como elemento clave para la reconstrucción racional de la historia de la ciencia. Así, la lectura historicista y materialista que realiza el marxismo fue utilizada como herramienta interpretativa por parte de los historiadores y sociólogos ―materialistas― de la ciencia que en los años 30 llamaron la atención acerca de los límites del reduccionismo internalista. De tal modo que con la intervención agitadora del ruso Boris Hessen en el Congreso de Londres de 1931 a partir de su interpretación político-económica de los Principia de Newton hace incursión los estudios externalistas en torno a la historiografía de la ciencia. Según Hessen los aportes teóricos realizados por Newton a la ciencia física fueron el resultado de una serie de cambios políticos y económicos ocurridos en la Inglaterra en el siglo XVII los cuales determinaron su producción intelectual.
Esta concepción materialista es la realmente, según Hessen, es la explicaría el surgimiento de las ideas científicas a lo largo de la historia. Este modelo de interpretación basado en el marxismo tuvo gran repercusión y logró ampliar el panorama historiográfico de la ciencia hasta entonces enfocado meramente en la confluencia de las ideas entre sí.
Un receptor de este cambio conceptual propiciado por Hessen fue el sociólogo Robert Merton, que con su trabajo académico indicó las innegables relaciones presentes entre la ciencia, la cultura, la religión y el entorno social. Según Merton la estructura de la ciencia está orientada desde factores religiosos y político-sociales, que se constituye como el ethos de la ciencia. Estos elementos culturales forman parte de la Estructura de la sociedad que es la que provee una gama de posibilidades y restricciones a los individuos y esto daría, en último término, al traste con los cambios científicos.
Así, con estos referentes, remacha la figura de Thomas Kuhn y su intervención con el programa historicista en medio de un ambiente conjugado con elementos historiográficos y filosóficos. Esto es así, porque Kuhn, a parte de sus intereses historiográficos, tiene marcados intereses filosóficos, es decir, que su proyecto intelectual busca ofrecer una ampliación a los análisis lógico-positivistas imperantes en el ámbito filosófico. Kuhn en su análisis del desarrollo científico propone una serie de ideas que incursionan en el campo de la metodología científica abordada por los filósofos, y que también ofrecen una teoría historiográfica que resultaría fundamental en los ámbitos históricos y sociológicos. Kuhn como heredero de Merton, se direcciona hacia él la propuesta historicista y psico-social en cuanto al proceso científico y su configuración racional; ésta está configurada por estructuras teóricas generales que, a su vez, proceden de paradigmas, mismos que son los que rigen a la ciencia y, por ello, su devenir histórico o su desarrollo se ve condicionado por aspectos psico-sociales de una comunidad de científicos, que como individuos son parte elemental de su determinación.
Es pues, con su obra principal, La estructura de las revoluciones científicas (ERC), que Kuhn introduce una serie de rupturas a las tendencias internalistas e intelectualistas que venían predominando en la historia y filosofía de la ciencia. En la ERC Kuhn recurre en primera instancia a la historia fáctica de la ciencia como el referente necesario para poder postular posteriormente una metateoría que ofrezca una interpretación y una reconstrucción racional de la propia ciencia. El nuevo enfoque centrado en la historia como parte del estudio filosófico de la ciencia, rompió con el predominio neopositivista, y esto amplió la noción de ciencia a elementos que realmente son parte determinante ―junto al aspecto puramente racional del quehacer científico; como afirma Brendan Larvor: “una concepción de la racionalidad científica en desacuerdo con la práctica científica […] Una vez que los filósofos fueron expuestos a la historia de la ciencia ese fue el fin de formas pre-kuhnianas de racionalidad”[6]. Asimismo, en la ERC Kuhn rompe el esquema internalista que establece el desarrollo del conocimiento científico como producto de la interacción de ideas o principios lógicos; más allá que eso, Kuhn introduce el factor psico-social como parte esencial del proceso del cambio revolucionario, que según el historiador y filósofo norteamericano está en manos de la mencionada comunidad de científicos.
De esta forma, podemos ver que la influencia del Karl Popper y Thomas Kuhn en la constitución de la historiografía académica y del análisis filosófico de la ciencia jugó un papel vital como portadores de sistemas conceptuales-valorativos que ampliaron e impulsaron el panorama metateórico de la historia y la filosofía de la ciencia.
Bibliografía
Koyré, A., Pensar la ciencia. Introducción de Carlos Solís. Paidós, Barcelona, 1994.
Larvor, B., Lakatos, An Introduction. London & New York: Routledge, 1998.
Popper, K., Búsqueda sin término, Una autobiografía intelectual. Tecnos, Madrid. 2011.
Lakatos, I., Historia de la Ciencia y sus reconstrucciones racionales. Tecnos, Madrid, 2011.
Rivadulla, Rodríguez, A., Probabilidad e inferencia científica. Editorial Anthropos, Barcelona, 1991.
Sarton, G., Introduction to the history of science, Vol. I. R. E. Krieger Publishing Co., Malabar, Florida, 1975.
Shapin, S., “Discipline and Bounding: The History and Sociology of Science as Seen Through the Externalism-Internalism Debate”. History of Science, 30, pp. 333-369, 1992.
Solís, C., (comp.). Alta tensión: Historia, Filosofía y Sociología de la Ciencia, Paidós, Barcelona, 1998.
[1] Popper, K., Búsqueda sin término, Una autobiografía intelectual. Tecnos, Madrid. 2011. pp. 115-117.
[2] Rivadulla, Rodríguez, A., Probabilidad e inferencia científica. Editorial Anthropos, Barcelona, 1991. p. 26.
[3] Sarton, G., Introduction to the history of science, Vol. I. R. E. Krieger Publishing Co., Malabar, Florida, 1975. p. 6.
[4] Koyré, A., Pensar la ciencia. Introducción de Carlos Solís. Paidós, Barcelona, 1994. p. 22.
[5] Shapin, S., Discipline and Bounding: The History and Sociology of Science as Seen Through the Externalism-Internalism Debate. History of Science, 30, 1992. p. 336.
[6] Larvor, B., Lakatos, An Introduction. London & New York: Routledge, 1998.p. 71-2.


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