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La conformación de la Ciencia y su método desde la antigüedad y la Grecia clásica.





La pregunta acerca de qué es la Ciencia y cómo se constituye como tal, está implicada en la problemática relacionada a sus orígenes, desarrollos y consolidación a lo largo de toda la historia humana registrada. Esta afirmación conlleva una concepción más amplia que las que consideran el surgimiento de la Ciencia sólo a partir de lo que algunos han denominado el “genio griego”, o, de igual forma, desde la exclusiva Revolución científica del siglo XVII. Solamente desde esta perspectiva tendría sentido la pregunta acerca de las diferencias entre la Ciencia griega y la egipcia o babilónica y, junto con ello, estaríamos aceptando indirectamente una cierta complejidad constitutiva de la actividad científica. Así, preguntamos: ¿qué se entiende por una noción amplia de Ciencia? ¿Qué tipo de saberes son los que han surgido de éstas regiones ubicadas en la llamada Creciente fértil? ¿Bajo qué criterios son considerados Ciencia? y, consecuentemente, ¿Por qué se considera una Ciencia distinta la que tiene lugar cerca del siglo VI a.C. en la península griega? De ahí que es necesario examinar las prácticas y creencias realizadas en tales regiones antiguas, con el fin de determinar cómo tales actividades humanas, en su convergencia, constituyen en parte lo que hoy entendemos por Ciencia.

La noción misma de Ciencia es problemática en el sentido que nos llega desde una interpretación condicionada y arbitraria, en este caso desde el contexto griego, en el que Ciencia significó episteme, es decir, conocimiento racional fundamentado, en contraposición a la doxa, esta es, la opinión infundada. Esta concepción griega, por una parte, estaría reduciendo la noción de Ciencia a lo practicado a partir de los primeros filósofos, y por otra, estaría exigiendo una referencia a un periodo de producción intelectual previo al surgimiento de la filosofía, el cual contribuyó a su surgimiento. Esto es así debido a que el nacimiento y florecimiento intelectual filosófico representó un cambio cualitativo en relación a una actividad que se estaba realizando anteriormente y con propósitos semejantes pero de menor calidad epistemológica y metafísica, a saber, los mitos y la narraciones poéticas. Es desde las bases teogónicas y cosmogónicas de los poetas griegos que surge la argumentación filosófica, y que sin las cuales probablemente no habría llegado a ser lo que fue. Esto significa que la actividad filosófica necesitó un estado epistémico antecesor a ella para así poder constituirse como tal. Un estado precursor con características y metodologías distintas, pero con un mismo fin: la apropiación cognoscitiva de la realidad natural y social, lo que a su vez implica una actividad práctica, o dicho de otro modo, el control teórico y práctico del entorno, que juntamente se puede traducir en conocimiento y manipulación humana de lo real.

Desde estos presupuestos, Ciencia sería “todo sistema de representación cognoscitiva y de control de la realidad […] lo cual entraña prestar atención a cosas tales como la religión y la magia que hoy tenemos por pseudoconocimiento”[1]. Esta definición estaría  en consonancia con una noción extensiva y progresiva de la Ciencia, y al mismo tiempo en contra del reduccionismo, o incluso, de un punto de vista presentista o anacrónico de la Ciencia, que ve a tal actividad humana como un producto propio del Occidente teórico y tecnificado. Así, la forma más apropiada de entender lo que es la Ciencia sería desde el devenir histórico que ha estado compuesto por diferentes contextos con sus respectivos límites y posibilidades; cada uno representando un estadio único e indispensable en la conformación total de la empresa científica. De modo que la Ciencia no sería nunca una actividad acabada, sino que más bien estaría siempre avanzando en su cometido, en un constante cambio que le permite alcanzar, abarcar, comprender y explicar más y mejor cada esfera de la realidad. Es por ello que cada periodo histórico de la Ciencia ha necesitado una actividad científica anterior que le haga posible; David Lindberg afirma:

“Si queremos hacer justicia a la empresa histórica, debemos tomar el pasado tal como fue. Y esto significa que debemos resistir la tentación de registrar el pasado en busca de ejemplos o precursores de la Ciencia moderna. Debemos respetar el modo en que las generaciones anteriores se aproximaron a la naturaleza aceptando que, aunque puede diferir del modo moderno, tiene interés porque es parte de nuestra ascendencia intelectual”[2].

De tal manera que se puede considerar a la actividad científica como un producto cultural surgido a partir del inevitable encuentro del ser humano ―su existencia situada― con la realidad. Una existencia humana que exige manipulación y funcionalidad, además de comprensión y sentido para todo lo que le rodea. Aquí es cuando surgen los medios y las producciones que pueden asegurar y justificar sus relaciones prácticas e intelectivas con la diversidad y cambio, y con ello hacer posible la construcción del propio mundo del hombre, o bien, la construcción un mundo inteligible que haga factible la realización de la vida humana. Así pues, en un sentido amplio, la Ciencia se constituye en un producto inherente a la naturaleza humana, vinculado vitalmente a su necesidad de autorrealización existencial (física, social, ética, política, comercial, intelectual, etc.), la cual exige una sistematización y ordenación de sus prácticas y saberes con el fin de darles una indispensable unidad o coherencia interna ―y así lograr la teorización y tecnificación de la que actualmente somos testigos. Claro está, todo esto ha requerido de un proceso histórico gradual y paulatino, es decir, que la Ciencia no ha llegado a ser lo que es a partir de un momento único, específico o perteneciente a un grupo humano o una zona geográfica en particular. Sino que lo que hoy entendemos por Ciencia llegado a ser lo que es por el desarrollo y la riqueza del devenir histórico.   

En virtud de tales consideraciones, se puede afirmar que las actividades prácticas y cognoscitivas llevadas a cabo en la antigüedad en Mesopotamia, Egipto y Grecia pueden ser consideradas como Ciencia con pleno derecho. Ahora queda identificarlas y señalar sus diferencias, lo que llevará a comprobar la complejidad constitutiva de la actividad científica ya mencionada al inicio.

Ciencia egipcia-babilónica

Los inicios de la actividad científica están marcados por ciertos elementos contextuales  propios de la gradual evolución cultural humana. En primer lugar, una situación en la que la adaptación al medio o la lucha por la supervivencia eran fundamentales, por lo que la praxis se torna primaria en el quehacer humano. Siendo básicamente sociedades agrarias y ganaderas, y esto aunado al limitado o escaso recurso escritural, las primeras grandes civilizaciones como lo fueron Egipto y Babilonia, dieron lugar a las primigenias producciones de conocimiento o, más exactamente, a las primeras manifestaciones de pensamiento científico en orden a la mencionada supervivencia. Por esa razón los primeros esfuerzos humanos que dieron lugar a la llamada Ciencia primitiva, estaban enfocados en la organización social y el comercio principalmente, situación que obligaba a los antiguos científicos a idear y realizar procedimientos y controles que les facilitaran las correspondientes tareas de índole puramente material. A partir de esto, vemos el caso de las primeras manifestaciones matemáticas en Babilonia, en donde se dieron diferentes operaciones de ordenación y cálculo numérico con el objetivo, por ejemplo, de medir el tiempo y así dar lugar a la fabricación de calendarios que les permitieran hacer predicciones de acontecimientos astronómicos, y, con ello, lograr una buena administración de las cosechas.


Estas iniciales elaboraciones de aritmética práctica destinadas a la medición y al cómputo, provocaron la aparición del sistema numérico en notación sexagesimal para la medición del tiempo, de ángulos y coordenadas, que por sus grandes ventajas para las operaciones aritméticas ―esto por la gran cantidad de divisores que posee, y su gran aplicabilidad evidenciada―, representa una de las grandes e insuperables invenciones matemáticas de la historia. Junto a esto, mencionamos el principio posicional que llegó agilizar las operaciones con grandes cifras, esto a partir de poder “representar números de cualquier envergadura con un número limitado de símbolos diferentes; [además de que] posibilita métodos de cálculo mecánicos”[3]. Toda esta primitiva producción matemática pasó a ser el sustrato fundamental para las posteriores elaboraciones matemáticas (geométricas y algebraicas) realizadas por los griegos, indios y árabes. L. W. H. Hull señala que: “Nuestra actual notación fue traída de la India por los árabes. Pero es posible que los indios tomaran de los babilonios la idea básica, y que, por lo tanto, debamos agradecer en última instancia a éstos uno de los inventos más importantes de la historia de las matemáticas.”[4]. Por su parte, Dirk Struik afirma: “Es razonable suponer que hindúes y griegos obtuvieron las rutas de las caravanas hacia Babilonia; también sabemos que los académicos musulmanes lo describieron [el principio posicional] como una invención india. La tradición babilónica, sin embargo, puede haber influido en la aceptación tardía del sistema posicional.”[5].

En el caso de la cultura egipcia los aportes a la conformación de la geometría estuvieron relacionados al cálculo de áreas y volúmenes como un requisito indispensable para la solución de problemas prácticos que se les presentaban a causa de las condiciones climáticas[5], así como por sus precisas e imponentes construcciones arquitectónicas. “Los egipcios eran capaces de calcular las áreas de figuras planas simples, tales como el triángulo y el rectángulo, y volúmenes de sólidos simples, como el de la pirámide”[6]. Es por esa razón que los egipcios ya realizaban operaciones geométricas en las que se computaban las áreas de triángulos, rectángulos, trapezoides, círculos, cilindros, etc., y utilizando para ello, por ejemplo, las relaciones entre longitud y altura, y circunferencia y diámetro, lo que dio como resultado la formulación de reglas equivalentes al valor del número π; además, de conocimientos cercanos a los principios correspondientes al teorema de Pitágoras[7]. Todo esto como una muestra del considerable dominio de prácticas inteligentes y racionales, pero ciertamente, remitidas a asuntos de naturaleza estrictamente práctica.

Por último, cabe mencionar las construcciones astronómicas que estas dos civilizaciones produjeron como un intento de respuesta a problemas que de igual forma estaban relacionados a asuntos de la vida en sociedad. Las primeras observaciones astronómicas tenían, a parte de los evidentes intereses religiosos, el propósito de buscar una regularidad y estructura al comportamiento de los cuerpos celestes, que en gran parte determinaban el desarrollo de la vida civil, y que, notoriamente, estaban supeditadas al quehacer matemático. Estas primeras observaciones astronómicas lograron las primeras catalogaciones de estrellas, que son “de las primeras, si no la primera de las actividades científicas conocidas”[8]. Dicha actividad provocó el mapeo de las estrellas fijas y la identificación de las “estrellas errantes” o planetas que también formaban parte de la estructura celeste que giraba en torno a la Tierra. De aquí que para hacer posible una descripción ordenada de los astros y entender así su injerencia en el trascurrir de la vida cotidiana, los babilonios crearon un esquema estelar o constelaciones a las que posteriormente se las denominó como Zodíaco. Tal ordenación astronómica dio lugar a la práctica astrológica, esto para la predicción los de los acontecimientos de la vida humana y también para fines de control político y religioso. A parte de eso, Lindberg considera que “lo importante es que ambos tipos de astrología exigen un conocimiento detallado de los movimientos solar, lunar y planetario”[9], y es tal conocimiento ―hecho a partir de simples y limitadas observaciones― el que aportó una comprensión muy reducida, pero con todo, comprensión racional de la realidad natural. A esto Hull concluye:

“Se trataba de abundantes observaciones sistemáticas y registradas sobre las cuales se basaban ciertas generaciones empíricas. Todo ello es realmente científico, pero la mera crónica factual no es más que un aspecto de la Ciencia, y allí, no existía la tendencia a buscar razones o a inventar teorías unificadoras de las observaciones”[10].

La Ciencia griega

La actividad cognoscitiva griega se caracterizó, a diferencia de la babilónica y egipcia, por ir más allá del fin práctico, de la utilidad o, si se quiere, de la materialidad. Como bien señala Hull, la Ciencia primitiva de los babilonios y egipcios no buscaba construir grandes sistemas teórico-abstractos alejados de la experiencia sensible, sistemas que quizá alcanzaron algunos atisbos lejanos de abstracción, pero que ese no era su fin. Los griegos como herederos de las mencionadas culturas arcaicas recibieron sus creaciones científico-prácticas, mismas que unieron a su propio contexto y lograron avanzar con algunos sistemas matemáticos y astronómicos. En dicho contexto los griegos tuvieron ciertas condiciones muy particulares de libertad religiosa y bienestar económico que les condujeron a producir uno de los mayores logros epistemológicos para la comprensión racional de la realidad, y con ello provocar un gran avance en la historia de la Ciencia, es decir, el pensamiento filosófico.


La filosofía se constituye como la Ciencia griega antigua, ya que el saber filosófico cubría todas las áreas de conocimiento no mitológico; esto significa que la argumentación filosófica estaba caracterizada por no recurrir a los mitos sino a la explicación natural y con el método logico- deductivo. Con los griegos inicia lo que se conoce como la reflexión de segundo orden, o lo que es lo mismo, la consideración y el análisis de las observaciones realizadas y datos obtenidos. Sus propósitos no eran estrictamente prácticos o materiales, más bien buscaban el saber por el saber. De allí que Aristóteles colocara al saber teórico por encima del saber práctico, siendo aquél el que podía ofrecer las explicaciones más generales y profundas al mismo tiempo que los principios más fundamentales de la realidad. La Ciencia griega comienza a separarse, en parte, de la observación como método primario para explicar el mundo y se enfatiza más en la especulación, en la formulación de grandes sistemas conceptuales con fines puramente cognoscitivos.

Por ello, los desarrollos griegos con respecto a la ciencia babilónica y egipcia alcanzaron un mayor grado de abstracción, en este caso con la formulación de teoremas geométricos que buscaban el elemento demostrativo o la consistencia interna mediante la deducción lógica de las ecuaciones matemáticas. Los griegos buscaron la racionalidad de sus cálculos geométricos a través de la evidencia de tal consistencia lógica. Un caso es el aporte hecho por Tales de Mileto, el primer filósofo, el cual aplicó el método deductivo para demostrar algunos teoremas partiendo de premisas o principios evidentes para la consideración de la simetría de figuras, como es el caso de la igualdad longitudinal de las diagonales de un rectángulo, o la evidencia de que todo cuadrilátero cuyas diagonales tengan tales propiedades es un rectángulo. Todo esto representa una intelección pura, debido a que estas reflexiones no tienen un fin estrictamente práctico, antes bien, buscan la consistencia lógica y la conceptualización exclusivamente natural. De esta forma Tales, afirma Hull, “dio un gran paso hacia adelante, un paso esencial hacia la geometría griega clásica que con su articulación lógica fue la primera matemática verdaderamente digna de ese nombre”[11].

Por otra parte, la cosmología y astronomía griega se caracterizaron por haber introducido una variedad de conceptualizaciones para la comprensión del Universo, al cual precisamente llamaron Cosmos. De esta forma, se empezaron a conformar los primeros modelos teóricos con el fin de explicar el porqué de dicho orden. Juntamente, aparecieron varios conceptos teóricos más como el de Naturaleza (Physis), que es el sustrato invariable subyacente a la realidad cambiante y contingente, el de principio originador (Arjé), realidad primera unificadora de toda la realidad múltiple, y el de causalidad (aitía), que es la razón por la que todas las cosas llegan a ser lo que son. Estas abstracciones metafísicas sirvieron como instrumentos conceptuales para la elaboración de teorías cosmológicas de índole físico-metafísicas.

Los primeros grandes modelos de mundo ofrecieron interpretaciones del sistema planetario, de su organización, de su sus movimientos, posiciones, e incluso, dimensiones, introduciendo ideas que dieron paso a una inicial astronomía teórica. Así, Aristóteles propuso un centro geométrico para el Universo en el cual se situaba a la Tierra y a partir de la que todos las esferas celestes se movían de forma natural, así como la concepción del sistema planetario dividido en dos regiones, una sublunar, que abarca la Tierra y el aire hasta la Luna y compuesta de cuerpos formados por los cuatro elementos (tierra, agua, aire y fuego); y la otra, la supralunar que incluía los cuerpos celestes que se movía en movimientos circulares uniformes. A la misma altura, y de manera avanzada, Aristarco de Samos propone ubicar al Sol en el centro del Universo, y ademas de formular las primeras mediciones y cálculos geométricos para determinar las distancias entre Tierra-Luna y Tierra-Sol.


Al lado de esta astronomía planetaria, en el filósofo griego encontramos una cosmología que constituye la culminación de su gran sistema filosófico-científico. Partiendo de sus conceptos básicos como materia-forma, sustancia-accidentes, acto-potencia y las cuatros causas, Aristóteles asciende necesariamente buscando un fundamento, una explicación para los entes compuestos y en movimiento, para los entes en potencia, y una realidad que cause el movimiento de toda entidad, que haga posible su realización (telos), pero que a su vez no sea movida por otro. Con ello, Aristóteles postula el Motor Inmóvil y el Acto Puro, con la intensión de explicar la realidad cambiante y contingente, y así logra llegar a una explicación cosmológica última del Universo. Así pues, hay en estos primeros esfuerzos filosófico-científicos una aspiración por comprender  ―más allá que el hacer― tanto lo particular, los fenómenos, como las cuestiones últimas y más abstractas.

En definitiva, el hecho de que los griegos buscaran el carácter racional de la totalidad de lo real en sus principios y causas fomentó la preeminencia de lo conceptual por sobre lo observacional. Esto provocó que la Ciencia griega, en este caso la matemática y la cosmología se cimentaran en la reflexión especulativa con miras a la obtención de un conocimiento universal y necesario. Por su parte, las civilizaciones babilónica y egipcia pusieron su énfasis en las observaciones, siendo éstas las primeras de la historia hechas con un cierto grado de sistematicidad, lo cual dio a la historia de la Ciencia los primeros elementos esenciales de la metodología científica. Vemos, pues, que dentro de la complejidad constitutiva de la actividad científica o de la metodología científica, se sitúan los componentes fundamentales como es el caso de la observación ―un registro de hechos procedentes de la experiencia empírica― (iniciada por los babilónios y egipcios), y además la teorización ―la construcción hipotético-deductiva de sistemas de pensamiento que, a su vez, tienen que ser testados con hechos observados― (iniciada por los griegos). Esto “difícilmente puede ser obra de un solo hombre”[12].  



Notas:

[1] Solís, C., Sellés, M., Historia de la Ciencia. Espasa, Barcelona, 2013. p. 19.

[2] Lindberg, D., Los inicios de la ciencia occidental. Editorial Paidós, Barcelona, 2002. p. 23 (cursivas mías).

[3] Hull, L. W. H., Historia y filosofía de la ciencia. Editorial Ariel, Barcelona, 1978. pp. 21-22.

[4] Hull señala que: “Nuestra actual notación fue traída de la India por los árabes. Pero es posible que los indios tomaran de los babilonios la idea básica, y que, por lo tanto, debamos agradecer en última instancia a éstos uno de los inventos más importantes de la historia de las matemáticas.” Ibídem. Asimismo, Dirk Struik afirma: “Es razonable suponer que hindúes y griegos obtuvieron las rutas de las caravanas hacia Babilonia; también sabemos que los académicos musulmanes lo describieron [el principio posicional] como una invención india. La tradición babilónica, sin embargo, puede haber influido en la aceptación tardía del sistema posicional.”; en Struik  A Concise History of Mathematics, p. 26.

[5] “Las inundaciones [causadas por el Nilo] remitía tras unos cuatro meses, dejando un limo fértil sobre unos campos cuyas lindes y áreas se habían de reconstruir, lo que en opinión de Herodoto había dado lugar a la geometría”. En Solís, C., Sellés, M., Historia de la Ciencia. p. 41.

[6] Lindberg, Los inicios de la ciencia occidental. p. 37.

[7] “Los egipcios usaban el teorema recíproco en el caso de un triángulo cuyos lados componen la razón 3 : 4 : 5, con objeto de trazar ángulos rectos en el suelo. Usaban una soga dividida por nudos en esas razones, y la extendían en forma de triángulo. El ángulo opuesto al lado mayor era entonces de 90°.” En Hull, L. W. H., Historia y filosofía de la ciencia. p. 22.

[8] Artola, M., Sánchez Ron, J. M., Los pilares de la ciencia. Espasa,  Barcelona, 2012. p. 28.

[9] Lindberg, D., Los inicios de la ciencia occidental. p. 41.

[10] Hull, Historia y filosofía de la ciencia. p. 19.

[11] Hull, Historia y filosofía de la ciencia. p. 32.

[12] Ibíd. p. 32. 

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